
©2026miriam_hidro. Basado en historia original @2025miriam_hidro 🎼 e imágenes generadas con IA bajo dirección creativa de la autora. SINOPSIS: Nelaith, cada año celebraba en su biblioteca El Baile de los Clanes. Un acontecimiento antiguo, elegante y discutido; una tradición que sobrevivía incluso en tiempos donde algunos ya cuestionaban si muchos de aquellos apellidos ilustres aún merecían el poder que conservaban. La comandante Myraen viajaba hacia el evento, a las afueras, en uno de los vehículos submarinos de la Confederación. La acompañaban su hermana Nim, el joven Irosuno, Hidro y el capitán Lori. —No sé por qué te empeñas en que asista, sabes que lo detesto —dijo Iro, reclinándose en el asiento con visible fastidio. Myraen le miró fijamente. —Te he dicho una y cien veces que es tu deber como descendiente y primogénito del clan Kiroya, el más relevante de todos los antiguos clanes. Lo que no sé es por qué tu hermana Kadaya no está aquí. Iro soltó una risa burlona. —Y yo una y mil que me revienta acudir a fiestas ridículas donde lo único que hacemos es gastar de lo que es del pueblo, cuando hay necesidades más relevantes. Y que yo sepa, los clanes desaparecieron gracias a la mayor parte de los burócratas del senado. Myraen cerró los ojos un instante, como quien intentaba conservar la paciencia. —Tu abuelo fue uno de los miembros más importantes del senado. Tienes que estar allí por él, Iro. —Sí, y el fundador de los Black Shark porque el senado no sabe hacer su trabajo, no me hagas hablar. El capitán Lori, sentado junto al cristal panorámico, intervino con una sonrisa diplomática. —Menudas vistas. —Sí, qué maravilla —añadió Hidro, siguiéndole la corriente. Y así terminó la discusión. Todos quedaron observando el inmenso océano. A lo lejos, Nelaith comenzaba a difuminarse tras ellos, sus túneles transparentes, las torres con hangares que se cerraban tras la entrada de algún vehículo, así como las zonas protegidas por enormes cúpulas que permitían ver la magia de jardines sumergidos, viviendas iluminadas y personas caminando tranquilamente entre plazas, como si el peso de millones de litros de agua no existiera sobre sus cabezas. La ciudad era sustituida por la oscuridad silenciosa del fondo marino. Myraen abrió un pequeño compartimento del vehículo y les tendió unos audífonos a Lori e Hidro. —Póntelos. —¿Música local? —preguntó Hidro divertida. —Algo mejor. Al colocárselos, el sonido del océano llenó sus oídos. Corrientes profundas y ecos imposibles de ubicar. Era un sonido antiguo. Vivo. Las luces del barna iluminaban por momentos enormes formaciones coralinas. Bancos de peces que huían del resplandor, mientras plantas marinas se balanceaban como telas flotando en el vacío. El color se hacía presente entre tanta oscuridad. —Vale… esto es espectacular —murmuró Hidro. —El océano canta —respondió Myraen, casi con orgullo. Cuando llegaron, los dos terrícolas comprendieron por qué aquel lugar era considerado uno de los grandes símbolos de Nelaith. No sólo guardaba información del universo. La biblioteca emergía entre las aguas con antigua y solemne elegancia, como si siglos de historia hubieran decidido vestirse de gala. En el inmenso hall Iro ofreció su mano a Nim y comenzaron a caminar, los demás les siguieron. Después de un rato, descendieron por una enorme escalinata que conducía al gran salón de baile. Entonces Lori comprendió algo, destacaban entre los presentes. Myraen lucía un vestido azul profundo de líneas elegantes, sofisticado y sobrio, como alguien acostumbrada al mando más que a presumirlo. Nim, en cambio, parecía haber declarado la guerra silenciosa al protocolo: vestido corto negro con detalles dorados. Demasiado moderno. Demasiado atrevido. Iro no se quedaba atrás. También vestía de negro, impecable, con esa clase de elegancia despreocupada que parecía accidental y perfectamente calculada al mismo tiempo. Los dos jóvenes rompían las normas del lugar sin necesidad de decir una sola palabra. Y ellos, los dos terrícolas, desprendian aventura en cada puntada de sus trajes. —Esto es extremadamente lujoso, me extraña que aquí no se puedan permitir un ascensor —murmuró Lori mientras descendían. Nim soltó una pequeña risa. —Sí lo hay. Pero algunos miembros bajan esta escalera por tradición. —Los importantes, como la realeza —dijo Lori, empezando a hacerse una idea del estatus de Myraen y su hermana. —Sí, bueno… aquí no existe la realeza como en la Tierra, pero algo parecido sí. Digamos que tenemos un senado formado por las familias de los grupos más destacados del pasado. —Vamos, como los antiguos romanos de vuestro planeta. Aquí democracia cero y preocupación por el pueblo dudosa —intervino Iro. Lori soltó una breve carcajada. —Me agrada observar que en este planeta hay jóvenes preparados como vosotros… pero con cierto inconformismo. Al llegar al final de la escalera, una voz resonó por toda la sala. —Myraen La, de Nelaith, ha llegado. Irosuno del clan Kiroya hace su entrada. Todos los ojos de la gran sala se posaron sobre ellos. Myraen hizo un leve saludo con la mano, incómoda bajo tantas miradas. —Tengo que saludar a los altos mandos del senado y de la Confederación. Nim, cuida de nuestros invitados. Iro… por favor, compórtate. Se alejó con visible resignación. Aunque no lo reconociera, tampoco era amiga de aquellas reuniones. Los jóvenes condujeron a Lori e Hidro hasta la barra del salón. Les sirvieron una bebida dorada en copas finas de cristal. Hidro la observó con sospecha. —Soy más de agua… y no será porque no tenéis agua aquí. Los cuatro rieron. Hidro dio un pequeño sorbo. —Pero reconozco que tiene su gracia tomar una bebida que se vende como el champán pero sabe como la cerveza. —Quién lo hubiera dicho, ¿eh, Hidro? —dijo Lori levantando la copa—. Los misterios del océano. —Ahora volvemos —dijo Iro, dejando la bebida sobre la barra. Como era tradición, el baile siempre comenzaba con un descendiente de los Nelaith y otro de los Kiroya. Y aquel año serían ellos. —Mira qué guapos van —dijo Hidro sonriendo—. Qué elegancia la de Francia. Lori levantó su copa. —Jajaja, brindo por eso, marinera. Nim e Iro caminaron hacia la pista. El enorme salón se abría bajo una cúpula de cristal y, al fondo un gigantesco ventanal que daba paso a un océano imponente. Iro tenía una expresión de desagrado. Nim lo miró de reojo. —No les mires a ellos. Él suspiró. —Mírame a mí —añadió Nim—. Sabemos por qué estamos aquí. El senado no podrá con lo irresistible. Iro frunció ligeramente el ceño mientras caminaban. —¿Y qué se supone que es lo irresistible? Nim sostuvo su mirada un instante. —Aquello hacia lo que acabamos moviéndonos. Nuestras pasiones. Las luchas que elegimos, incluso cuando pesan. Lo que somos cuando dejamos de fingir para otros. Miró un instante alrededor. Las sonrisas diplomáticas. Las familias antiguas observando. Después volvió a él. —Tú no has venido por ellos, Iro. Ni yo tampoco. Estamos aquí porque creemos que las cosas pueden cambiar. Iro se sintió cómodo por primera vez. —Sí, tienes razón. El senado no podrá con lo irresistible. Mientras el resto del salón mantenía la rigidez de una tradición aprendida, ellos se movían distinto entre lo ceremonial. El vestido de Nim rompía el protocolo con cada paso, mientras Iro, tan reacio a estar allí, parecía encontrar su lugar. No iban a bailar para el senado. Ni para las miradas.Bailaban hacia lo irresistible. Llegaron al centro de la pista y ella le tendió la mano. —Baila conmigo, Iro. _©copiright ©_

