El mapa no se dibuja con líneas. Se traza con la sangre de los cuerpos que el sistema no logra digerir. Llaman civilización al bulldozer que borra el rastro de la especie, y progreso al resort que respira sobre huesos sin nombre. El capital necesita la tierra limpia de historia, despojada de carne, de rastro y de memoria, convertida en pura superficie de inversión, turismo y cemento. El término "terrorista" es la coartada del que no tiene argumento. Es la etiqueta que el que aprieta el gatillo inventa para justificar su propia podredumbre. Cuando el que posee el cañón bombardea, devasta y masacra miles de vidas, la pantalla lo bautiza como pacificación, democracia y orden global. Pero cuando el desposeído se niega a morir en silencio, cuando el oprimido se levanta contra el tanque que aplasta su casa, el diccionario del que posee el arma lo condena como terrorismo. Quien posee las pantallas y el monopolio del cañón y del relato fabrica la mentira para que el crimen del verdugo sea ley y la rabia del mutilado sea llamada delito. No hay geometría en el lucro que no pase por el cadáver. Las leyes del que vende la muerte como orden no protegen la existencia humana, sino la propiedad privada de quien aprieta el gatillo. La limpieza no es exceso: es la matriz del sistema, la extracción absoluta para erigir la farsa de plástico. Asesinan al habitante para adueñarse de su suelo, destruyen la vida real para vender el espectáculo del consumo. Destruir al que destruye no es crimen: es el corte que la carne exige. Llamar paz a la sumisión es la coartada del que no tiene drom. Detrás de cada norma, de cada veto y de cada pantalla anestesiada, se oculta el pánico de la estructura a que los cuerpos despojados reconozcan su propia fuerza, rompan el chantaje de la moral del que nunca sudó y desmantelen por completo el engranaje que los devora. La narrativa de la fábrica de sádicos es un crimen La vida no es un negocio de suma cero, ¡yag! Bizitza. Aske. Drom. Albor. Yag. Drom Chachipén, drom El Duende, drom..