
Llega ese día, inesperadamente, despierto en él y me descubro solo, en el silencio de la cima, donde el frío de la soledad se tibia con los primeros rayos del alba. Siento que en mi amanece, que me crece dentro la luz, que se disuelve la bruma, que se ensancha el horizonte… Miro desde arriba, veo las copas de los viejos olivos, su brillo joven crepitar, nacer desde sus hojas, las sombras debajo, raíces como sogas, creencias que atan sus grises tallos al suelo. Y mi casa, tan sombría… Su frío entre los huesos de hielo se me instala. Como el pobre mendigo que tembloroso duerme en el banco de la plaza, sorprendida, temerosa, solitaria la habita el alma. Mientras cruza mi cuerpo su gélido pasillo, las ausencias me hablan. Al fondo, en el valle, confuso distingo el campo, sus verdes, el pueblo también, antiguas, borrosas las calles y sus casas. Sus casas con sus miradas, sus familiares rostros asomados a las puertas que se van cerrando cuando pregunto a la memoria. Y sus voces entre el humo la ambición que me envolvió un día, tapó mis ojos y anudó a mi nuca su pañuelo de vanidad dorado y trató tenaz e ingenuamente ponerle rejas a mi tiempo. Y mi casa, tan sombría… Su frío entre los huesos de hielo se me instala. Como el pobre mendigo que tembloroso duerme en el banco de la plaza, sorprendida, temerosa, solitaria la habita el alma. Mientras cruza mi cuerpo su gélido pasillo, las ausencias me hablan. Llega ese día, inesperadamente. Y mi casa, tan sombría… Y sus voces entre el humo Y mientras cruza mi cuerpo su gélido pasillo, las ausencias me hablan, las ausencias me hablan…

