
Ay... Nací donde el viento aprendió a cantar. Traigo la voz de mi tierra, la que no sabe mentir. La que florece en la pena y vuelve siempre a vivir. No necesito riquezas, ni un trono donde mandar. Con una guitarra vieja me sobra para soñar. He visto romperse sueños contra la misma pared. Pero la sangre del sur siempre vuelve a renacer. Cada paso que he dejado se quedó marcando el suelo. Porque quien ama su tierra nunca camina en silencio. La noche empieza a cambiar, el horizonte despierta. Somos hijos del viento, hijos del mismo compás. Aunque se apaguen las luces nadie nos podrá callar. Somos hijos del viento, con el sur en la piel. Mientras respire esta tierra volveremos otra vez. No me hables de derrotas, que ya aprendí a perder. Cada caída en la vida me enseñó cómo crecer. Llevo la voz de mis viejos, la fuerza de mi verdad. Y una guitarra encendida que nunca deja de hablar. Que suene fuerte el latido de esta vieja Andalucía. Que nadie robe los sueños de quien vive la alegría. Porque la fe de un cantaor no se compra ni se vende. Se lleva dentro del alma y para siempre permanece. Somos hijos del viento, hijos del mismo compás. Donde termina la noche empieza la libertad. Somos hijos del viento, nadie nos cambiará. Mientras exista un flamenco el sur seguirá cantando. Somos hijos del viento... hijos de la libertad. Somos hijos del viento... nadie nos podrá parar. Que siga vivo el flamenco, que nunca muera el compás. Que siga latiendo el sur por toda la eternidad. Ay... El viento nunca se marcha... solo cambia de camino.

