No ocupaste medir tu inteligencia: era un río sin cauce, un manantial que desbordaba en música y ciencia, en un concierto cósmico y total. Tus diez dedos sobre el teclado eran el trueno de Beethoven, el lirismo de Chopin, la elegancia de Mozart, el orden perfecto de un abismo. Tu mente, un taller de ideas sin fin, de armonías, de números y aceros, donde un acorde enlazaba a un teorema y un versículo a los astros severos. Para el común, excéntrico, disperso, un atlas de senderos divergentes; para el sistema, un caos inconexo, un árbol que crecía entre las fuentes. Pero ante Dios, tal vez, un arquitecto de utopías hechas de cal y roble: diseñaste el refugio y el proyecto, y en tus manos la clave fue más noble. Las dos casas que alzaste, piedra a piedra, son testigos de un fuego inagotable: la partitura que la tierra medra, el poema tangible, formidable. Hoy suenan en el viento tus sonatas, cada clavo que hundiste es una nota, y en cada estrofa que a tu memoria elevado, tu genio, Federico, se rebela y alborota. Porque no has muerto. Vives en el arte, en el silencio que el piano guarda, en cada enigma que resuelve un sabio, en la semilla que la tierra aguarda. Descansa en paz, hermano de mi alma, mente sin par, prodigio de este suelo. Tu sinfonía inacabada y calma sigue sonando en el profundo cielo.