Como una estrella sola en la noche del alma, titilante y lejana, es para mí tu amor; y aunque voy ciego y mudo, sin futuro y sin calma, sé que existe una estrella que pulsa en mi dolor. Es como aquel recuerdo, de algún olvido incierto, desnudo y aterido, borrado del ayer; que se alza, de repente, diciendo: “no estoy muerto” y a su prisión, cansado, sin más, se va a perder. O como aquella flor que el viento descerraja y la vuela al acaso, sin rumbo en la oquedad; y en vuelo temeroso, porfiando a la navaja, a su tallo pretende volver con ansiedad. O como aquella ola de una playa perdida que se estrella en las rocas bañada de pasión; pero sin más se estrella, buscando estremecida sajar la roca inerte que esconde el corazón. Pues, aunque con la fuerza de tus ojos marinos quieras todo el amor muy dentro disfrazar, se escapa todo el fuego de brillos diamantinos que iluminan la senda que quiero transitar. Y como estrella sola en la noche del miedo, tardía y abrasante, viene hasta mí tu amor; y aunque he quedado ciego, y verla ya no puedo, puedo sentir la llama de un lejano fulgor.