Un día caluroso, sin nubes, dolorido, lleno del sol que adorna sin penas el jardín, tú irás pensando cosas que son tan sólo tuyas y yo iré, como siempre, sólo pensando en ti. Se escapará un suspiro, curiosamente triste, de las rosas plantadas en un hermoso ayer; sólo yo las oiré susurrar su tristeza y tú dirás, quizá: “Están secas ¿Por qué?” Yo detendré, de pronto, mi marcha distraída ya que querré escuchar lo que me han de decir: que es la muerte del alma una triste renuncia y cuando muere el alma, nada puede vivir. Gemirán, con su aroma de lejano quebranto, y brotará en sus pétalos un rocío de amor, sabré que es una lágrima que, nacida del alma, en los ojos de un hombre la ha plantada una flor. No sabría decir si notarás mi angustia o sentirás la espina clavada al corazón: sé que con la simpleza de plantar unas rosas habíamos plantado, también, una ilusión. ¡Ya no quiero pensar en ese negro día! ¡ya no quiero saber qué cosa pasará! pues sé que te diré: “Dime cuánto me quieres” y en un día soleado, de pronto, lloverá. Entenderé así que nada es para siempre, que las rosas se secan cuando no hay ilusión: que las manos que riegan, al ser indiferentes, asesinan las almas y acaban el amor. Y yo, pesadamente, bajo la lluvia extraña, con tristeza de rosas, la vuelta me daré: escapará primero el alma moribunda no muy detrás, siguiendo sus huellas, marcharé. Y cerrarás tus ojos despacio, dulcemente, para, con desespero, el llanto contener; yo me iré alejando por la calle desierta ¿Adónde? pues, ahora no lo puedo saber. Y un día aterido, cambiante, desolado, lleno de aquellas dudas que asolan el jardín, tú irás pensando cosas que serán siempre mías y yo iré, como nunca, sólo pensando en ti.