
El Consejo de los Primordiales (X) El primer sol asomó tras los picos del Espinazo. La luz alcanzó las cumbres antes de descender hacia los valles, donde la niebla aún cubría campos y bosques. Abajo, el Auren y el Mirven serpenteaban entre la piedra y la espesura, brillando en algunos tramos como vetas de plata. Entre ambos se alzaba el Santuarium de Cabeza de Ríos, erigido ocho siglos atrás por el primer Marcio que habia logrado doblegar un imperio bajo su mando. Sus muros habían contemplado juramentos, guerras y disputas que habían caido casi en el olvido. Para algunos, no era más que la sombra de una grandeza perdida. Otros seguían mirando su cúpula convencidos de que bajo ella aún se podía decidir el destino de Ludya. Tres estatuas tutelares coronaban la cúpula: Thalandra, Regnior y Verya, los tres Primordiales. Regnior, el que mide, apuntaba con el brazo extendido hacia los Valles del Este. La piedra había resistido lluvias y heladas, que no habían borrado en su rostro la severidad de un juez. Thalandra, la que teje, inclinaba su rueca hacia Spya y Tiberya , como si hilara sin descanso una hebra invisible. Y Verya, la que ríe, con un rostro cambiante según la luz del dia ,parecia inclinar su llama hacia el mar de Nix y las brumas de Drayford. Dos Velarios permanecían inmóviles junto a la entrada, con largas lanzas apoyadas en el suelo. Sus jubones, de rombos rojos sobre dorado y negro , los hacían reconocibles incluso a distancia. Sobre el pecho llevaban bordada en carmesí la Trisagra, tres brazos enlazados que formaban un triángulo en torno a un loto. En los alrededores del Santuarium, los primeros oficiantes ya cruzaban entre los edificios, portando velas y legajos de pergamino. El murmullo de sus pasos y voces se mezclaba con el eco lejano de cantos que llamaban a la Invocación del Alba y de alguna campana que marcaba el comienzo del dia. Bajo esa cúpula, el Alto Primado, Serón de Velmor, presidía una reunión poco habitual frente una mesa casi ovalada de roble. Tenia un rostro alargado, la melena canosa; y unos ojos de un gris vivo que no se apartaban de un pergamino . Vestía una túnica color ceniza, con ribetes de hilo carmesí, los colores de Regnior, el que mide. A su izquierda se sentaba la Primada, Meyra de Lath, una mujer de edad incierta y ojos rasgados y verdes, tranquilos como los de un gato al acecho. Su voz, cuando intervenía, tenía la calma de la lluvia sobre un estanque. Nadie recordaba haberla visto sonreír. Decían - ya en broma, ya con suspicacia— que no podía ser muy devota de Verya, la que ríe; que ese papel le correspondía mucho más al Primado Halven, sentado frente a ella. Era un hombre casi anciano, de cabello blanco, ojos vivos y una ironía que podía cortar como una daga de Tolum. Los otros ocho consejeros - los Arcontes- completaban el círculo. Serón se incorporó despacio. Cuando habló, su voz llenó la cúpula. Bajo las efigies de los Primordiales, el Consejo guardó silencio. -Estimados hermanos - comenzó. - Primados y Arcontes, reunidos bajo la égida de los Tres: Thalandra, la que teje Regnior el que mide y Verya, la que ríe y rompe Serón recorrió con la mirada los rostros del Consejo antes de continuar. - Que su luz nos juzgue justo y nos conceda la sabiduría que exigen estos tiempos. En Ludya, más de un puerto ya cuenta barcos que no regresan. Más de un mercader sus pérdidas y los gobernadores soldados. La disputa entre Aurentya y Lusya puede que no se limite a un simple robo de barriles en el Vélmora. Lo que comenzó con barcos saqueados quizá termine con alguna ciudad ardiendo en la vecina Marsalya. Dejó que aquellas palabras pesaran un instante antes de proseguir. - Y en Spya, huelga decir, tampoco reina la calma. Mencía de Valdoria gobierna por un decreto que, según Tharien, primo del difunto rey, jamás llegó a ser firmado. Un tercio de los nobles le ha dado crédito y se preparan, como poco, para una batalla. La verdad del decreto importa menos que el número de hombres dispuestos a morir por él. Serón bajó la mirada un instante hacia el rollo sobre la mesa. - Y hablando de familias enfrentadas. Decenas de huidos de Roncay están llegando a los puertos de Suassons. Escapan de otra guerra entre parientes que se disputan la isla a sangre y fuego. Un carraspeo sonó al otro extremo de la mesa. Serón giro la cabeza. Vernal, el arconte más anciano, se había inclinado con una mano nudosa apoyada en la mesa. Sus ojos, velados por la edad, parecían mirar hacia un punto más allá de los presentes. - Disculpadme. Con la venia, Serón, quisiera preguntar algo. ¿Qué sabemos de las obligaciones de Roncay en la guarnición de Drayford? ¿Ha decidido alguien retirarlas? Serón miró de reojo a Halven, sentado a su derecha, antes de responder. - No. Sus naves siguen patrullando el mar de Nix y sus guarniciones protegen Drayford. - Mientras cumplan con sus obligaciones, conservarán su voto, nos guste o no - remató Halven. - Lo sé - dijo Vernal. - Y sospecho que ese voto pesará más de lo que muchos creen cuando hayamos escuchado lo que hoy nos trae aqui. Serón le dirigió una mirada de aprobación. - Eso es precisamente lo que debemos considerar. Los mensajeros de la Cámara del Silencio han confirmado lo que Drakenheim y Suassons nos advirtieron hace seis lunas. Solo que entonces ocurría a cientos de leguas de nuestras fronteras. Ahora, ese pueblo que se hace llamar los Oronar extiende cada vez más su dominio por los Valles del Este. Sus emisarios suelen llegar antes que sus ejércitos. No ofrecen alianzas ni prometen protección. Plantean una elección: someterse y conservar parte de lo que poseen, o resistirse y perderlo todo. Serón hizo una pausa antes de continuar y, por primera vez, tomo asiento.. - Mientras tanto, de Tiberya no nos llega noticia de medida alguna. Que sepamos, el trono aún no ha ordenado reforzar las fronteras ni preparar a sus vasallos para la guerra. - ¿El trono? —replicó Halven con una media sonrisa . - A juzgar por sus actos, Serón, igual habría que hablar de la cama. Hubo algun parco rumor entre los ocho y algunos disimularon una sonrisa. Meyra de Lath se giró y le lanzó una mirada inexcrutable. - Se impone no olvidar.. - dijo con su voz lenta, casi un suspiro. - Que Aurelia es emperatriz consorte por derecho. Y que ha mostrado un respeto por las viejas creencias que le honra, y que escasea en otros mandatarios de estas tierras, a las que, casi esta de más, llamar imperio. - Nadie ha puesto en duda los derechos de Aurelya, hermana Meyra - repuso Halven. - La cuestión es si hay alguien al timón cuando se acerca una tormenta.Y ya que lo planteas, viene bien saber quien es. Meyra no llego a contestar cuando la voz algo grave de Erika, una arconte de Aurentya, se dejo oir junto a Halven. - Siempre es grato ver a alguien encontrar la fe-dijo. Incluso tarde. Y más aún cuando la encuentra tras compartir el lecho imperial. Mayra giro lentamente la cabeza hacia ella. - Dudo que estemos aqui para juzgar la devoción de Aurelya. Pero si de amenazas hablamos, que Thalandra nos conserve el oido, es Aurentya, no Aurelya, la que tal vez inicie una guerra por unos cuantos toneles y un crimen que ni siquiera esta claro. (...) Cronicas de Ludya © 2026 Alberto Gordillo Méndez. Todos los Derechos de Texto Reservados.

