La vejez quebró su vidrioso tallo en frágiles astillas. Breves desde la copa temerosa cada amanecer loaban sus hojas: hojas sedientas de un sol eclipsado por lunas de memoria, hojas desecadas como sonrisas forzadas ante el cercano letargo de la savia longeva. Se marchará su piel desde el tacto de tus manos, su cuerpo desde tu abrazo. No tendrás más su razón ni el calor de esa mirada, el recto camino de sus palabras tampoco, ni la voz. Su alma al caer te dejará un rosal vivo preso en tu corazón. Al cerrarse la herida el dolor siempre será tu memoria. Fue inútil el último injerto por verdecerla — docto, valiente — en la frontera del aliento. ¡No ahoguen llanto ni culpa el vigor que rebrota en sus raíces! La vida a veces elige… Hoy, tal vez saciada, ha resuelto secarse. Se marchará su piel desde el tacto de tus manos, su cuerpo desde tu abrazo. No tendrás más su razón ni el calor de esa mirada, el recto camino de sus palabras tampoco, ni la voz. Su alma al caer te dejará un rosal vivo preso en tu corazón. Al cerrarse la herida el dolor siempre será tu memoria. ¡No ahoguen llanto ni culpa el vigor que rebrota en sus raíces! La vida a veces elige… Hoy, tal vez saciada, ha resuelto secarse.