El arpa de oro su pulso sonoro entre las heridas, rosas conmovidas, pretende soltar. Recuerda a Neruda la nota más ruda, terrible, profana, desnuda y arcana dormida en el mar. Repite su canto de eterno quebranto pidiéndole al viento que aquel sentimiento aleje de sí. Pero no se aleja; distante refleja la llama escondida que, llena de vida, parece un rubí. Aterciopelada, la nota cansada flotaba en el vino del alma y del sino de algún corazón. Y cuerdas de plata, con alma escarlata, dolidas se mecen y el alma estremecen de aquel diapasón. El pecho se agrieta, la noche está inquieta, desnudas las cruces, en ramos de luces, recuerdan abril. ¡Cantar ya no quiere! morir ya prefiere y vibbran las cuerdas ahora más lerdas ya cerca del fin. La nota más dulce que al éter se pulse, un dios envidioso, oscuro, celoso, la quiere coger. Escapa y se posa en labios de diosa que invita en el canto amar tanto y tanto hasta renacer. Y el arpa no suena. Su eterna condena: de añil y de oro su mundo sonoro ¡y ser de metal! Levanta la musa su torso, difusa, sus dedos inquietos detienen, coquetos, aquel recital.