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El hombre del sillón

Mujer, he llegado lejos, al punto exacto donde el éxito se asienta. Ahora comprendo ciertas cosas: la calma de mis padres, la necesidad de una casa encendida al anochecer, el valor de volver siempre al mismo lugar. Me gustas. Eres buena persona. Te propongo que te cases conmigo. No prometo pasión encendida. Solo orden, respeto, y una vida que no tiemble. Te quiero a las diez de la mañana, cuando la casa ya está pagada y el nombre cabe bien en la puerta. Te quiero a esa hora exacta en que la luz perdona la pereza y mi madre aún alcanza a decir: “Hijo, ya es hora”. Te quiero porque no interrumpes mi espejo, porque tu silencio no desordena mis asuntos, ...tus dudas no me retrasan en la conversación. Eso también es amor: un acuerdo limpio, una forma elegante de no estorbarse. No te pediré incendio. Eso es para gente que todavía sangra. Yo te daré la llave, la alarma, un sábado al mes, mantel sin manchas, la cortesía de quien ya aprendió a confundir la calma con la salvación. Te quiero como se quiere un buen sillón: para no moverme. Para sentarme dentro de mi nombre y no escuchar el ruido de todo lo que aún podría pasarme. Pero Sabines decía: “Te quiero a las diez de la mañana y a las cuatro de la tarde, y a medianoche, y te odio después, y te busco, y te pierdo, y vienes toda entera a mi encuentro y los dos desaparecemos”. Él hablaba de otro tipo de fuego. Yo, en cambio, aprendí a querer de otra forma. Prefiero la inmovilidad, la urna tibia de los días correctos, la geometría perfecta del domingo y este sillón donde me hundo como quien se cree a salvo porque ya no desea correr. Eso es lo que te ofrezco. Y creo, honestamente, que es más de lo que la mayoría puede dar. Se dirá de mí: casa, hijos, escena fija para la foto, tumba doble con fecha que no corre. Solo no te diré que te quiero. Te diré solamente: “Quédate”. Porque si te vas, se me cae el mundo. Y si te quedas, no confundas la puerta cerrada con destino. Porque el amor, a veces, tocó el timbre, miró el sillón y siguió de largo. “¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?” —preguntaba Sabines, y era pregunta de amor. Y yo, desde mi sillón, te pregunto: “¿Quién podría ofrecerte más que yo, mujer?”