
Eras el Quesada hecho vida, la esencia pura del árbol familiar; en cada gesto que en nosotros anida, reconocemos tu ser singular. Te gustaba perderte en la aventura, subir a un bus sin rumbo ni reloj, y hacer de un día simple una premura de final abierto, como en el cine estás tú. Eras el vaquero de mirada serena, el detective en busca de la verdad, y en cada juego, tu audacia era tan buena que al final quedabas, en soledad, con la dificultad. Tu letra era un arte, fina y clara, y en verde escribías tu mensaje fugaz; la música en tus manos no era avara: tambor, lira y dulzaina daban su paz. Y tu silbido, distinguido y puro, llenaba la casa de sutil canción; una voz que, por senderos no seguros, no quiso ahondar, para nuestro dolor. Cuatro hijas bellas son tu legado, un futuro en sus ojos de esperanza y luz; un jardín por ti delicadamente plantado, que florece en tu nombre, Luis, a contraluz. Y al caer la noche, recuerdo emocionado, tu ronda final de puertas y cristales, y ese beso furtivo, dulce y callado, sembrado en las frentes de nosotros, tus hermanos menores. Descansa en paz, querido Luis. Tu memoria vive en cada uno de estos versos y en el corazón de tu familia.

