
Gerardo No fue la escala del piano, ni el son de las notas prestadas, su canción. Él eligió una música mayor: la de guiar con firme y dulce ardor. Fue escudo de los niños, su bastión, y voz para el callado, su favor. En el jardín juvenil, su liderar sembró concordia, sin necesidad de imponer su verdad o su poder. Esa rama robusta ha de crecer hasta el ámbito gris del deber ser, donde el Bancosta vio su saber hacer. Mas no fue en la oficina su hogar: lo encontró al formar su propio altar. Dos hijas lleva en sí, legado en flor, y tres más sumó a su corazón con Gabi, su cómplice, su razón, tejiendo un nuevo clan con su pasión. Llegó el tiempo del campo, la quietud, del potrero soñado en la ciudad. Lo trocó en un reino de solaz: zona de juegos, de infantil voraz, huerto que al sol los frutos ha de dar, y un bosque para irse a preguntar. Y en esa soledad que no lo es, pues lo pueblan sus versos y su tez, la pluma desató, tardío don, un río de conceptos en montón. Libros que son su esencia y su pasión, el eco verdadero de su voz. Así vive Gerardo, ya en la meta, convirtiendo lo simple en poesía: su vida, el mejor libro que escribía.

